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miércoles, 11 de febrero de 2015

La niña Lluvia (cuento)

Era una tarde gris y la niña Lluvia andaba descalza por las mojadas calles de la ciudad.

Le encantaba notar el frescor en los pies al meterse en los charcos de un salto para salpicar bien fuerte. Le encantaba que el agua la empapara mientras bailaba con la música que producían las gotas al golpear los tejados. Le encantaba la humedad que traía el cielo y el olor a limpieza cuando el agua se llevaba la suciedad de la calles.

Pero eso era antes.

Porque ahora la niña Lluvia estaba triste.

Estaba triste porque a la gente no le gustaba que cayera agua del cielo. Triste de que todos se quejaran  y corrieran a esconderse. Triste porque las calles se quedaban vacías y nadie quería jugar con ella.

La niña Lluvia se sentía sola, muy sola.

Sola de caminar por las vacías y mojadas calles. Sola porque la gente no la miraba. SOLA.

Rompió a llorar pero nadie se dio cuenta. Las lágrimas no se ven cuando cae tanta agua. Nadie la miró. Nadie se le acercó para ver que le pasaba. No había nadie.

Entonces empezó a correr. A correr con toda su rabia. Correr, correr y correr para alejar la tristeza. 
Mientras la niña corría, el cielo parecía compartir su pena pues lloraba con ella a su paso, como una madre que ve a su hija triste pero no sabe cómo ayudarla.
Y corriendo y corriendo los edificios dieron paso a los árboles. Las aceras dieron paso a los campos y los charcos dieron paso a auténticos riachuelos.

Entonces paró de correr.

Y al pararse notó la sensación de la hierba mojada bajo los pies y las cosquillas que le hacía al caminar. Escuchó la música que las gotas hacían contra las hojas de los árboles. Hasta su nariz llegó el olor a verde que traen los campos cuando son regados por el cielo.

Sobrecogida por tantas sensaciones, extendió los brazos para abrazar las gotas y bailar con ellas.
Entonces le llegó un extraño sonido. Algo que llevaba mucho tiempo sin escuchar. Era el sonido de las risas.

Decidió acercarse a mirar quién se estaba riendo. Y entonces vio a unas niñas y niños que jugaban empapados y no paraban de reír.

-Bieeeen-, gritaban.
-No se secarán las cosechas-, decían.

Y tanta era su alegría que la niña Lluvia se acercó sin darse cuenta.

Cuando los niños y las niñas la vieron, se quedaron quietos sin parpadear. Todos quietos sin decir nada. Mirándola sin decir nada. Mojándose.

La niña Lluvia estaba incómoda, tenía ganas de correr, de huir hasta el fin del mundo, de alejarse de todos. Pero entonces estaría otra vez sola, SOLA. Y por nada del mundo quería volver a estar sola.

Ya no correría más.

-¿Puedo jugar?-, dijo al fin.

Entonces todas y todos se acercaron sonriendo. La cogieron de las manos y empezaron a jugar y bailar. 
Las risas se mezclaban con la música de las gotas al caer sobre los campos.

Ya no estaría sola.

La niña Lluvia nunca más volvió a sentirse triste.



lunes, 22 de diciembre de 2014

Feliz Navidad (artículo)

Como cada año por estas fechas ya tenemos encima las fiestas de Navidad. Esas fechas mágicas donde la gente se echa a la calle a pesar del mal (o buen) tiempo que haga.

Son pocos días que pasan muy rápido, que a veces y contra más mayor nos hacemos, se hacen muy largos y pesados.

Cada uno vive las fiestas de una manera particular, pero todos tenemos momentos en los que experimentamos lo mismo. Por eso voy a explicar que es para mi la Navidad.

La Navidad es ver las calles iluminadas por un millar de luces que rivalizan con las estrellas del firmamento. Miles de estrellas rojas emparejadas iluminan las carreteras en lenta procesión cada una hacía un nacimiento diferente. Y es que los atascos son habituales en estas fechas tan señaladas e imposibles de esquivar. Un trayecto de 10 min. puede convertirse en toda una odisea digna de una tragedia griega.

Son momentos para compartir. Sentir el calor humano. Saber que no estas sólo. Que a tu alrededor hay mucha más gente de la que puedas contar. Todas con los mismas ideas y sentimientos, la misma algarabía y juvilosidad (palabra inventada) propia de las “fiestas”. Y es que las calles están tan abarrotadas que no se puede prácticamente caminar. Todo el mundo con prisas (el tan consabido estrés) que nos deleitan con las mejores carreras del año nunca vistas en GP.

Es un tiempo para pensar en los demás. Cumplir sus sueños y hacerlos felices. Dar sorpresas esperadas y si es posible alguna inesperada que con cierto atino y suerte puede ser agradable.
Tiempo de dejarse la paga extra en regalos, pues para eso nos la dan, algunos de ellos útiles y realmente deseados pero que en su mayoría no pasan de los típicos clichés.
Perfumes, ropa, juguetes, calcetines (¿porqué siempre se regalan calcetines?) y hasta dinero, súmmum de la originalidad.

Son fechas para estar con la familia. Reencontrarse con los seres queridos que están lejos. De hacer realidad los tan melosos y edulcorados anuncios de la tele. Donde la fraternidad, el amor y la felicidad rebosan de las casas. ¡¡Pero si hasta en los bares te guardan un décimo premiado con tropecientos mil euros que no has comprado!!. Son fechas para aguantar a la prima estirada, al tío graciosillo, al cuñado fantasma y a todo el elenco de Pesadilla antes de Navidad.

Fechas de hacer reuniones alrededor de mesas repletas y repletas de comida que solo comes una vez al año, en Navidad. Donde el alcohol, la comida y demás excesos campan a sus anchas entre todos los invitados (o autoinvitados) celebrando el nacimiento de un tío que hace ya nosecuantos años se sacrificó para que nosotros podamos seguir pecando.
Gracias macho. Haré un brindis en tu honor. Es lo mínimo que te mereces.

Las Navidades, que gran invento comercial.

Pero voy a dejar de lado toda mi ironía y mi cinismo adulto (me será difícil).

Se me otorgó un don al nacer (a veces una maldición) que voy a utilizar. El don de la buena memoria.

Recuerdo vívidamente  como eran para mi las navidades cuando era niño.
Como mis pequeños ojos se abrían al ver las grises calles de la ciudad llenas de luces multicolores. Como mi casa se llenaba con los adornos que se iban coleccionando año tras año pues eran tiempos mucho más humildes. Como me sentaba a ver los programas especiales de navidad destinados a los chiquillos y como deseaba todos los juguetes que anunciaban y jamás tendría.

Recuerdo ir a pasear con mis padres y sumergirme entre el gentío para hacer colas donde fuera, con una sonrisa en la cara, sin importar el tiempo. Ver a algún Santa Claus dando caramelos y sentir una felicidad inusitada al recibir un par de dulces.

Recuerdos de reuniones familiares donde se junta la familia que casi no ves durante el año. Donde no paras de jugar con tus primos. Donde aprendes el significado de conceptos como primo segundo por parte de madre y donde te das cuenta que tu familia es mucho más grande de lo que pensabas.
Reuniones donde comes cosas que están vedadas durante el resto del año y que esperas con ansias porque son los manjares más selectos y exclusivos que tu infantil paladar pueda probar.

Y como olvidar esa noche en vela. Donde la emoción no te deja dormir porque sabes que unos reyes legendarios te dejarán regalos a los pies de tu cama. Una noche que llevas un año esperando. Donde la ilusión ha ido creciendo en los últimos días mientras escribías la carta, montabas el belén, veías la cabalgata y soñabas, sobretodo soñabas con lo que te traerían.
Pues es la espera lo que hace grande esa noche. Algo que llevas mucho tiempo deseando hace que el momento final sea tan mágico.
Esa noche no puede olvidarse fácilmente, al menos no debería olvidarse.

Pues en cada una de las cosas que he descrito reside la verdadera esencia de estas fiestas.

El tan valorado espíritu navideño.

Es cierto que contra más mayores nos hacemos es más difícil sentirlo. Y ese es el motivo por el que hay que esforzarse.

Son pocos días al año. Pero son días con una magia especial. En tus manos está vivirla.

Deja que el niño que llevas dentro disfrute.

Feliz Navidad.


domingo, 16 de noviembre de 2014

Búnker (relato)

Dicen que el mundo se fue a la mierda. La humanidad fue una inútil y lo mandó todo al traste. Todos fueron aniquilados. Un cataclismo natural, una guerra, una epidemia. Todo ello ocurrió como consecuencia de lo anterior y sin importar el orden. O al menos eso es lo que recuerdan. Los que recuerdan...

Dicen que han pasado 100 años desde entonces, puede que 200. Que más dará.
El mundo se ha recuperado de sus heridas. Las ciudades no son más que un montón de ruinas ocultas bajo la vegetación. Los animales corren libremente por todas partes recordándonos que somos nosotros los que están en peligro de extinción.
Dicen que: “El paraíso bíblico que nunca debió mancillarse se alza de nuevo sobre las cenizas de la humanidad”.
Menuda mierda de frase.

Tengo pocos recuerdos del despertar. De antes aún menos...
Recuerdo escuchar una especie de pitido. Ver un piloto rojo y una luz cegadora. Inhalar aire y toser. Toser mucho.
Me costó mucho acostumbrarme a la luz.
Recuerdo intentar andar y caerme. Y la luz se apagó.

Me desperté y no estaba solo. Había más. Más como yo. Eramos 24 entre niñas y niños. Unos pocos más mayores que yo. Los demás más pequeños.
Todos estábamos confundidos. No entendíamos nada. No nos conocíamos. No sabíamos nada.
Algunos sabían sus nombres y tenían recuerdos. Otros no teníamos ni eso.
Lo único que todos recordamos era despertar en una especie de cápsula y dirigirnos hacia la luz que entraba por la puerta.
Recuerdo que muchos nos mirábamos con extrañeza, mezcla de curiosidad y temor. Unos pocos empezaron a hablar. Preguntaban nombres y edades. Hacían recuento. Ponían en común los recuerdos que tenían.
Otros lloraban y algunos los reconfortaban.
Yo callaba y observaba.

De eso hace más de 36 días. Ya estamos unidos. Nos conocemos. Muchos han compartido historias, risas y lágrimas. Yo no.
Los que recordaban su nombre son así llamados. Los que no lo recordábamos elegimos uno. En mi caso me lo eligieron entre todos. Dicen que soy muy callado y reservado. Que me cuesta abrirme y que parece que me escondo detrás de un muro.
Búnker.
Así me llaman desde entonces.
Me parece bien. De ahí es de donde salimos todos. Del búnker.
Decido que me gusta.

Nos hemos organizado. Unos recolectan fruta como los mangos y eso. Otros traen agua del río cercano. Los demás hacen tareas domésticas y unos pocos exploramos el terreno. Yo exploro, así puedo estar solo.

Me gusta ir a las Ruinas. Me gusta pensar como eran antes. Me hace pensar.
Muchos recuerdan a sus familias. Recuerdan sus vidas anteriores. Algunos incluso recuerdan como sus padres les prometieron hacer todo lo posible pasa salvarlos del Fin.
Yo no recuerdo nada. Vacío.

Cada vez que lo intento me invade la soledad. Una soledad muy honda y profunda.
Angustia al sentirme vacío.
Odio sentirme así pero siempre vuelvo para sentirlo.
Es como si mis recuerdos fueran estos sentimientos por no tener recuerdos.

Vuelvo al búnker. Mi hogar.

Escucho risas. Las risas de mis compañeros. Las risas de los míos. Ahora son mi familia.
No conozco a otra. Debería abrir la puerta del Búnker y dejarlos entrar. Tengo miedo de lo que pueda salir si abro la puerta. Aún es pronto.

Escucho más risas. No estoy solo. Nadie debería nunca sentirse solo. Nadie debería estar solo.

Todos están en el río jugando. Me uno a ellos. Reímos y salpicamos. Jugamos.

Somos niños en un nuevo mundo. Un nuevo futuro se abre ante mi y mis compañeros. Tengo que soltarme y dejarme llevar.

El río fluye a nuestro alrededor.

Todo fluye.